Imagina conmigo una pequeña tienda.
Una tienda sin escaparates, con una puerta de madera,
de las que cuando entran suena una especie de campanilla.
El mostrador también es de madera.
El olor a especias, incienso y madreselva inunda el cuarto iluminado
por los últimos rayos de Sol y por velas.
Suena música de cuerda, lo suficientemente leve,
como para que se pueda hablar en susurros,
para aquellos que llegan demasiado cansados,
o son demasiado tímidos.
Al otro lado del mostrador hay unos labios dulces
y sonrientes y unos ojos comprensivos.
Los estantes y aparadores están repletos
de pócimas luminosas y resplandecientes cofres.
-Yo quiero comprar una pócima para la ausencia de Fe.
El Mapa de la Vida, que rogaba este verano,
no me vendrá mal, así que me lo llevo, Gracias.
Y que me envuelvan para regalo un cofre con un puñado de estrellas guía.
También quiero un ánfora llena de mariposas de colores.
De esas que revolotean el estómago y te llenan de ilusión y de vida
–Una para mi, y otra para regalo, es para un amigo al que quiero mucho-
Y un termo con ese ajenjo templado que cura de ira y hostilidad.
Lo voy a repartir por la Gran Vía.
Y una cajita de esas pastillas para vencer el miedo también me llevo,
al menos un par, que las voy a repartir igual.
En esta tienda mágica están todos brebajes que anhelaste para aquella sensación, y también para esa otra.
Y el precio se paga con una sonrisa y un gracias.
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